miércoles, marzo 16, 2011

Bucólico (A propósito de la Semana Blanca)

Cuestión de casi una semana. Con su abuela hospitalizada a raíz de una crisis nerviosa relacionada con la viudez recientemente contraída, Juam-ma, al estar en el paro, tuvo que aceptar la petición de su hermana: debía de cuidar a su pequeña sobrina durante la llamada Semana Blanca, un regalo que La Consellería de Ensenyament dio a los niños a manera de compensación por el regreso adelantado a las aulas.
Ante tan inesperado golpe a la planificación familiar, muchos padres tuvieron que improvisar, dar de alta a los abuelos con un contrato de obra y servicio de canguros, encomendar temerariamente tareas extra a la señora rumana que limpia, pedirle a Dios y a la providencia que esa inmigrante boliviana recién fichada no sea una psico-neurótica que golpee a la niña por que vio en las noticias tal o cual atropello oficial contra un compatriota.

Los Martínez confiaron en Juam-ma, con reservas por parte de su cuñado, quien nunca olvidó, desde aquellas caladas que compartía con él a escondidas en casa de sus suegros los Días de la Madre y en Navidad, lo descuidado que es cuando está más colocado de lo normal.
El lunes paso sin novedad, Juan-ma estaba de resaca por que la noche anterior el F.C Barcelona le había hecho cinco goles al Recreativo de Huelva, anotaciones que se tradujeron en chupitos de ron y tequila, dependiendo respectivamente si los goles venían de un jugador extranjero o uno local. Messi anotó cuatro veces, por lo que terminó siendo autor de la goleada y del dolor de cabeza de Juan-ma.
El martes se salvó, por que su cuñado Albert no se pudo recuperar de la goleada, y permaneció en casa, previa visita el lunes por la tarde al Hospital Clinic para recoger su baja por digestión sólida insuficiente.
El miércoles, luego tres infructuosos intentos de dormir a la Sandra, le puso un DVD de un documental sobre la Impronta Republicana Catalana en la Guerra Civil, a ver si así se dormía. Así pudo acomodarse en el retrete, allí abrió la revista sabatina del “País”, tras haberle llamado la atención la foto de Keith Richards en la portada, leyó el artículo y descubrió la palabra “bucólico”, tal y como el músico describía sus vacaciones.
“Tengo que usar esta palabra el jueves en la expo del Manel” , “quizás genero miradas de curiosidad e interés entre los demás críticos” pensó Juam-ma entusiasmado.
El jueves fue largo y complicado, Laura y Albert decidieron unilateralmente ir a cenar a un restaurante de la Carrer Enric Granados. La tarde-noche iba de mil millones de maravillas, el vino estaba bueno, el entrecot en su punto y la temperatura perfecta para renovar sus virtudes conyugales a la luz de la vela en plena terraza.
Un par de portales más abajo, se inauguraba una exposición de pintura. Una colectiva de artistas entre los cuales estaba un amigo de Juan-ma. La invitación la había recibido tres meses antes y por tal motivo, decidió dejar a la Sandra sola, durmiendo, eso sí, apaciblemente. A fin de cuentas, la galería estaba a escasas dos fincas “eixampleras” de la casa de su hermana.
Con las orejas rojas por el vino y el enfado ante tamaña irresponsabilidad, Albert no escatimó en distorsionar el acomodado rigor de la calle y exasperó: “Juam-maaaaa ¿Que fas?”
“Ustiaaaaa” crispó el canguro temporal en medio de un aterrado brinco. “La Sandra está dormida”
La escena poco importó a los demás comensales, una solidaria congregación de padres y parejas jóvenes deseosas de que pasara “aquesta setmana de merda”.
¡El compte si us plau! Dijo Albert desesperado y enfurecido por la negligencia del
“modernillo impresentable” como siempre se refería en secreto al hermano menor de su mujer.
Los cuadros de la exposición poco tenían de pastoriles o campestres, eso sería un pecado anti-moderno a manos de los sofisticados pinceles de los expositores de turno. Juam-ma buscó la manera de decir la palabra, pero no hubo forma, los lienzos eran demasiado abstractos o geométricos.
Juam-ma ya tenía dos vinos blancos y medio en la cabeza, su hermana se cepillaba los dientes mientras Albert intentaba volver a dormir a la Sandra, quien había despertado llorando al oír el grito que le dio su papá a su mamá al abrir la puerta: “Callaaaaaa Subnormal”. A punto estuvo el canguro disidente de decir la palabra, cuando rodeados de dos magníficas estudiantes francesas de Historia del Arte, una bonita diseñadora de modas holandesa, dos fotógrafos mexicanos asomados en la conversación, un profesor de Estética de la UB y una catalana amiga de ambos, se le adelantó el artista, su amigo Manel: “antes mi trabajo reflejaba un tono más bucólico”.

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