domingo, abril 19, 2009

Al revés

“Al revés”, suele decir incontables veces al día. Así se gana la vida Ramón, quien al pronunciar esa y algunas otras locuciones prácticas, ve pasar el día y la gente por las máquinas de la estación.
Marta nunca introduce su billete al revés, por lo que Ramón, aunque la ve pasar casi todas las tardes entre 7 y 10 y 7 y 17, nunca le ha dirigido la palabra, pero si muchas sonrisas gentiles. No obstante, este gesto no es nada exclusivo del solícito encargado del flujo correcto de los pasajeros hacia “ella”, como el la llama. Ramón le sonríe a todos los que atraviesan la máquina más cercana a él, salvo a algunas excepciones de pequeños grupos de italianos escandalosos y uno que otro chico de aspecto desaseado y con dreadlocks rastas, dice que esos son los que escriben en las paredes del pasillo al anden.
Sergi, es uno de esos chicos descuidados y rebeldes que utiliza- con dos horas y media de diferencia- la misma estación que Marta. Normalmente, lo hace de camino a la conexión para tomar el tren a su Badalona natal.
Los jueves, suelen ser los días más sociales de Marta. Usualmente, va a cenar y a hablar de chicos con Andrea, una peruana que conoció en un curso de peluquería al que ambas acudieron, pero por razones varias no lograron finalizar. Uno de esos jueves, Marta y Andrea cenaron en un pequeño y solidario cuchitril de tapas cercano al lugar de trabajo de la segunda, un hostal de segunda, a escasos metros de la plaza Urquinaona.
Tras pasar la máquina, entre risas de desengaños post-adolescentes y vino blanco, también de segunda, Marta, con su metro setenta y tres y su poca habilidad congénita, tuvo que sortear y activar más de trescientos músculos para, en principio, abalanzarse unos cuantos grados hacia adelante y alcanzar la estatura incaica de Andrea, despedirse de ella, y luego incorporarse y cogerle el teléfono a Joaquín, un pretendiente sin oportunidad quien a su vez, por una alarmante crisis alopécica, tampoco terminó el curso de peluquería.
Ese trámite a trompicones, de despedirse de su amiga y rechazar la invitación del “calvito”, como ella lo solía llamar, hizo que su T-50 cayera al suelo sin poder advertirlo. A su paso de pantalones caídos y malicia ingenua de estudiante de Antropología, Sergi, que regresaba de una manifestación en rechazo a algo que se llevaba a cabo en una plaza cercana, se percató de la caída del ticket y lo cogió para si.
Decepcionado, al ver que a su ambición ahorrista se desvaneciera por los escasos dos viajes que le restaban al billete, continuó su camino. Los alaridos deficientes de la banda punk de unos colegas suyos de Ripollet, hacían casi imposible que Ramón consiguiera captar la atención del estudiante para recuperar el billete de “ella”. ¡Oyeeee!!!! ¡Perdona!!!!! Ese billete no es tuyo, ¡dámelo, que yo la conozco!!!
¿Que dices tío? ¡Es mío el billete!!!
¡Es de “ella”, te he visto cogerlo del suelo! Al voltear a mirarla, apenas pudo Sergi ver el zapato de tacón de marta apartarse del último escalón de acceso al anden.
¡Yo se lo daré!!! Dijo, intentando una mueca semi-sonriente y febril. ¡Dámelo o llamo a seguridad!!! Insistió Ramón, esta vez con su inédita cara de enfado, esa en la que se le sube la ceja derecha unos milímetros más que la izquierda y el ojo izquierdo luce más saltón que el derecho.
Marta subía a un vagón con destino al vagón con destino a Can Boixeres, ignorando por completo el episodio que su magistralmente inhábil soltura había dejado atrás. Se sintió algo mareada y le vino un pequeño pero sonoro eructo de vid que la hizo sonrojarse y pensar en lo mal que le sentaba ese flequillo tan corto a su amiga. Andrea hacía lo propio, esta vez en el tren con destino hacia La Pau, viendo con vanidoso gesto su pelo recién cortado reflejado en el cristal de la ventana, pensando en retomar el curso aquel y fundar una peluquería en el suburbio limeño que la vio nacer. La totuma, pensó en llamarla.
Joaquín, algo decepcionado por el rechazo, iba al baño a ducharse sin ese estímulo femenino que hace que algunos hombres se restrieguen con más vehemencia durante la ducha previa a la cita, no sin antes verse al espejo, donde nada había cambiado, todo intacto: la sonrisa color beige-diccionario-viejo, el fenómeno facial-demográfico de la sobre-población de sus cejas, y la tragedia forestal al norte de ellas, como bosque arrasado por una horda de garimpeiros en busca de oro amazónico.
Feliz por haber recuperado, luego de acalorada disputa con el futuro antropólogo, el billete de “ella”. Pensó en como ser elocuente y bondadoso al mismo tiempo para devolvérselo en cuanto la volviera a ver pasar.
La nómina de Marta tardaría cinco días en manifestarse en su cuenta. El viernes en la mañana optó por un T-10 para contrarrestar tanto la pérdida del T-50, como el tiempo entre ese día y su día de cobro.
A las 7 y 14, encaraba Marta la máquina. Joaquín se sentía con suerte ese viernes, e intentó llamarla e invitarla a cenar.
¡Hola Joaquín! Dijo ella malhumorada por la impertinencia del “calvito” insistente y el no conseguir su billete a tiempo para no detenerse más de lo necesario en la máquina. No, es que, sabes, mi madre.... Hola!! Marta!!! Holaaa!! ¿Estas? Si pero es que... Tu Tu Tu Tu!! Al cortarse la llamada apareció el T-10, que fue introducido con torpe apuro. Un entrecortado rechazo destronó la esperanza de uno y alimentó la de otro: “al revés” dijo Ramón amable.