El último de los días oscuros
Fueron días tristes y felices. Un invierno moderado, un gris regular y hasta agradable a veces. Las clientas llegaban con regularidad, asustadas y curiosas, una sesión fotográfica, masturbación de vanidad o comprobación de fealdad subjetiva claro está.
Las ventas iban bien, la ambición comenzaba a seducirnos. La tenue lámpara de luz amarillenta resguardaba la recepción dando un matíz poco convincente, aún así, resolvían las revistas de moda y sus temporadas pasadas, tendencias demodé que entretenían la espera de un trabajo de calle o un book fotográfico.
Me tocó abrir la puerta, una entrevista para el puesto de recepcionista telefónica la hizo venir al estudio. Una flor, una luz afrancesada, plena, radiante, espléndida, graciosa y gestual. Se convrtió en el astro rey de aquel mundo de cuatro paredes: una voz, un acento sureño, un acertivo discurso, un escote por qué no, una energía. Una Avellaneda como la de aquella tregua del genio de Montevideo.
Miradas descaradas, simulando un desdén asimilaba su desprecio. Un libro, un amigo, un prólogo, una dedicatoria. Principita de la sierra cordobesa, praliné gaucho-húngaro en pleno abismo de concreto mediterráneo.
Indiferente de los dientes para afuera, la saludaba cada día. Temblor interno, derretido, como fachadas Gaudianas. Se acercaba el final, no hay marketing, no hay ventas, no hay trabajo. Se despide de lejos. Atraviesa la puerta hacia fuera. Salió el sol.
