martes, octubre 14, 2008

Olor

Comenzaba a sentirme mejor, rozaba ya los sesenta y tantos años de edad y la empresa familiar en la que trabajaba ya no mostraba síntomas de debacle. No eran tiempos de verdadera crisis financiera como el crack del 08, hace treinta años.
No fui, ni quise nunca ser un hombre divorciado, pero el olor que me mando Sally esa tarde por e-mail terminó con mi matrimonio, no en materia legal pero sí emocionalmente.
Era el mismo que había olido en el otoño del 2008, en Barcelona, el día de mi cumpleaños número 33, orgullosamente refugiado en sus largos y consoladores brazos, en una angosta e incómoda camucha de un hotel remozado en Carrer de L’hospital, quizás por la rabia que aún sentía luego de detectar los dedos de esa miserable puta colombiana que trató de robar mi monedero y que luego intentó congraciarse conmigo por mi acento venezolano, por aquello de que somos “hermanos”. Bastarda hedionda. Ni que fueran los tiempos del Congreso de Panamá, pensé.
A sus treinta años, su piel sonrosada de pueblito pesquero de Nueva Escocia ofrecía una suavidad generosa, regocijo que mi lengua y mis manos supieron aprovechar yo diría que racionalmente.
Había pedido un reposo en el trabajo, a causa de su período menstrual, figura legal que el progresismo holandés logró poner de moda en los debates parlamentarios de todo el mundo, por lo que cada mujer tenía derecho a cinco días de reposo al mes.
En el hastío de su período se sintió sucia y decidió mandarme dicho aroma que tenía en su carpeta de mensajes enviados, aquella solución tecnológica japonesa de escanear olores me traía de cabeza siendo un hombre de mi edad, y la fragancia digital de su entrepierna más todavía.
Las noticias dejaban su marca diaria en mi laptop, los olores del barco pirata en Somalia que trasmitía CNN y los alientos de los funcionarios de esos nuevos comités administrativo-gubernamentales AdHoc, que envían a los ingobernables países de América Latina mitigaban aquella emanación gloriosa y me hacían cerrar la aplicación y olvidarme del delicioso efluvio electrónico de la canadiense.
Tomaba mi desayuno. -¿Qué te pasa Alejandro?-
-Nada mi amor, huele a crisis-

2 comentarios:

A las 7:15 PM , Blogger Sabandija ha dicho...

inmejorable loco... tu siempre con loa imaginacion de uu viajero

 
A las 7:21 PM , Blogger Sabandija ha dicho...

inmejorable loco... tu siempre con loa imaginacion de uu viajero

 

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