Paludismo y Barbarie: La Hemoglobina Politica.
En tiempos Gomecistas, cuando los mosquitos hacían de las suyas en la provincia venezolana, godos y no godos presenciaban la epidemia con ojos desesperados. La peste post-guerra europea dejaba su huella en el lado pantanoso y cálido del atlántico, en los llanos centrales venezolanos.
Hasta en la capital se temía por el avance de esta y otras enfermedades contagiosas, incluso el mandón de turno, andino y maleducado, radicado en Maracay, junto a su camaradería lacaya, se refugiaba huyendo de la picada del insecto debilitador.
Casi un siglo después, ya erradicadas las injurias pestilentes de principios del XX, permanece contagiosamente peligrosa la peor de las pestes, la que no se heredó de conflictos bélicos foráneos: El paludismo político, la hematuria populista.
Sus agentes, los parásitos que se alojan en la sociedad, debilitándola hasta la pasividad, defienden postulados inaplicables, nocivos y letales; la ideología palúdica a través del discurso oficial.
Estos anofeles hematozoarios, transmiten sin piedad mensajes distorsionados, emitidos desde entidades poderosas: Comandos de Campañas políticas, actos oficiales, cadenas y demás instrumentos inductivos.
Al transmitirse la enfermedad, las sociedades caen en una inercia electoral, una energía soporífera que infecta gravemente a los individuos, interviene en sus voluntades y controla sus decisiones.
En un tiempo, esta peste fue blanca, después verde, luego se volvió multicolor. En la actualidad se ha vuelto color rojo, tiene semejanzas con la peste que azota a Cuba desde hace décadas y devoró a la Unión Soviética hace algunos años, sin embargo, esta tiene matices de negro petróleo y hasta verde militar.
Algunos buscan una cuarentena democrática, pero sucumben ante los tentáculos infecciosos de la epidemia, otros huyen hacia el refugio del abstencionismo, para no ser picados por los insectos de la militancia partidista.
La ideología hematúrica carcome a la sociedad, al país, e incluso a otras regiones del mundo: el virus de la militancia adquirida, la fiebre roja. No hay antídoto. Sálvese quien pueda.
