Unas dos semanas antes del lanzamiento en el mercado ibérico, el vocero del equipo de marketing, los representantes del servicio técnico local, la creadora del sistema informático de respuesta al usuario, la jefa del departamento de relaciones del consumidor, su más directo subordinado, la coordinadora del equipo de atención al cliente para el mercado peninsular, la encargada del back office de la empresa distribuidora de los productos cafeteros y lácteos para el funcionamiento del artefacto, y la asistente a la gerencia de la división europea de la empresa de productos alimenticios que auspicia el nuevo concepto, debían en parte cumplir con la labor de introducir el innovador invento a los agentes de atención al cliente, quienes debíamos dar la cara y defender las bondades del nuevo aparato frente a las posibles quejas de sus futuros compradores.
En una sala de reuniones, que a excepción del barroquismo ornamental de la mesa central, estaba correctamente dotada del equipo necesario para tal fin, nos dimos cita de forma no muy puntual para ser una reunión en relación a un invento con tecnología y precisión alemana.
Según el programa impreso, el primer orador sería la voz del equipo de marketing para el mercado español, quien luego de un par de horas de viaje desde las oficinas de la alianza germana en Zaragoza, tomó la palabra.
Minutos antes había dejado mostrar algunos signos de una especie de pedantería pacata, mientras cruzaba palabras con una chica sudorosa que aún hoy, no sé que papel tenía en aquella sala. Sin embargo, en los primeros minutos de su exposición logró desenvolverse de manera un tanto más acorde con los cánones de sencillez elocuente y forzada, de los que dictan en esos cursos adormecedores de oratoria corporativa.
Con una mano en el bolsillo, dictamen secundariamente primordial para la postura a seguir, comenzó su explicación de los puntos fuertes del producto, remarcando el potencial innovador y “multi-funcional” del artilugio frente a sus según él, inexistentes competidores. Por un lado, por que la empresa rival, había lanzado un par de años antes un dispositivo que sólo hace café expreso, mientras que la “nuestra”, como orgullosamente decía, hace desde chocolate caliente convencional, hasta café “latte” con las tres vistosas capas que engalanan el vaso que aparece en el empaque del parapeto. Y por otro, por que la fabulosa “Massimo” logrará sustituir muchas cafeteras tradicionales en los hogares españoles, sobreestimando abiertamente los precarios hábitos de la vida moderna de una clase media profesional, que difícilmente logra desprenderse de sus ascendentes obstinadamente rurales.
Germán ya había generado la confianza necesaria de todos o casi todos quienes le escuchábamos. Como muchos de los españolistas severos como él, mostraba claros signos de rasgos moros: piel beige curtida y un pelo rigurosamente ensortijado, como de vendedor de hachís emigrado de Tánger, y una nariz en forma de tobogán de parque acuático de la Florida.
Ignorando su traicionera fisonomía, y ataviado con un atuendo casual de polo marrón, pantalón azul marino y mocasines marrones de marca, pero no tan de marca, pasó a hacer la demostración del funcionamiento de la vanagloriada invención.
Fue tarea nuestra desempacar el producto, enchufarlo y seguir detenidamente las instrucciones del arabesco expositor. Los detalles técnicos debían y debieron ser explicados minuciosamente por Bárbara Hessen, una encantadora y conservada dama quien vino presta y preparada desde Bremen para dicha presentación, así como para no dejar que nadie tomara más café y té que ella en medio de la expectativa general que reinaba en el salón.
Seguidamente, luego de una corta pausa para la demostración y degustación de los distintos cartuchos de cafeína que como reproductor de música había que introducir en la máquina para que funcionara, llegó el turno de Helena Martínez Braun, una simpática y diminuta señora quien quizás por ser mitad alemana, manejaba un inglés decente y una chispa que más bien pienso que provenía de su mitad madrileña.
Con poca rigidez y con una campechana risita “ejé, ejé” entre cada finalización de una idea, expuso sus puntos en forma de lectura directa de sus láminas de “Power Point”, siendo sólo interrumpida por la otra alemana de las dos y media que estaban presentes: Elisa Kohl, quién tras no tener otro activo papel participativo, no pasó de preguntar repetidas veces si alguien quería preguntar algo.
“El que quiera chocolate que coja, ejé ejé ejé”. Por tener el puesto que tiene, Helena pudo traer varias cajas de chocolates que forman parte de la amplísima oferta de la monstruosa compañía transnacional para la cual trabaja.
En mi caso, me incliné por los palitos crujientes de chocolate para así acompañar el té verde de la misma marca inglesa que siempre me ha gustado, que no tan casualmente formó parte del conglomerado de productos que configuraron la ambiciosa alianza estratégica para el lanzamiento de la fulana máquina.
-Helena, ¿por qué no hay té negro dentro de la oferta de cartuchos? Pregunté más por mis ganas de tomarlo, que por curiosidad.
-Ejé, ejé... por que estamos en el período de lanzamiento y nos decidimos por el verde para no arriesgar y por cuestiones de target español ejé, ejé, ejé.
Tras una segunda pausa, me di cuenta de que la siguiente presentadora demandaría una mayor atención, quizás por esa disciplina teutona que inevitablemente intentaba suavizar con muecas simpáticas y por que tras haber tomado más café que todos los demás, estaba mas acelerada.
Su discurso, en un perfeccionista inglés de los pasillos de Oxford, fue preciso y técnico, no podría haber sido de otra manera. Con lujo de detalles, se detuvo en los puntos sensibles de los contenidos a exponer, bajo el amparo de una compilación de imágenes hábilmente diseñadas para facilitar visualmente nuestro aprendizaje.
Gran parte de su elocuente simpatía discursiva, respondía a la mañana soleada que la recibió en territorio barcelonés, una latitud que le permitió cubrir su figura aún resistente a la factura de la edad, con un discreto y adecuado vestido blanco, aderezado con un collar de perlas y un escaso maquillaje sobre su bonito rostro de líneas delicadas y proporciones de agraciados ángulos. No obstante, daba curiosidad el hecho de que siempre terminaba sus frases pronunciando la sílaba “na” , al tiempo que confiaba ciegamente en la calidad del producto, hecho que no quise cuestionar, cuando luego de apoderarme de un cartucho de té negro de los que ella trajo de Alemania e insertarlo en la infalible máquina, no salió nada y tuve que tirarlo en la papelera en complicidad con el siguiente presentador, el deficiente representante del servicio técnico para España, quién temerosamente tampoco quiso hacer notar la falla del esperpento electrónico.
Alberto nació en Jaén, tuvo la suerte de que sus padres fueran pobres y emigraran a Zaragoza en busca de un mejor futuro que no encontraron, hecho que despertó la ambición en él quien junto a su hermana re-emigró esta vez a Madrid donde ambos lograron completar una carrera técnica que los mantiene manteniendo a su desvencijada y enviudada madre.
Con sus limitadas luces, Alberto intentó infructuosamente hacer una presentación aceptable, su voluntad mostraba signos de años de perseverancia para el aprendizaje del idioma inglés, no obstante, su vocabulario y pronunciación del idioma anglosajón fracasaban a medida que inconsciente, no paraba de decir ¿Llés? en intervalos de veinte segundos entre audaces neologismos fonéticos e invenciones semánticas.
También respetó la máxima de llevar una mano al bolsillo, sin percatarse de que no sabía que hacer con la otra mientras no señalaba alguna de las incomprensibles proyecciones que su inocente ordenador portátil procesaba.
Tras disculparse un par de veces por haber repetido también dos veces dos de los elementos de la lista proyectada, se vio interrumpido por la milagrosa intervención de un sujeto regordete que aunque elegante, sucumbía ante la idiosincrasia porcina propia de él y sus compatriotas: no por descuido sino por costumbre, olvidó cortar sus pelos de la nariz hasta tal punto que se confundían con los cañones de su bigote.
Con semejante estampa nasal hizo su única acotación en un período de cuatro horas que permaneció sentado con miedo a hacer alguna acotación: “esos detalles técnicos no los manejamos en el departamento técnico”
Lejos de asquearme por semejante insurrección de mediocridad ibérica, hacía rato ya que saboreaba con la vista la mirada miope y perspicaz de una muchacha de linda silueta, rellena de talle, no muy alta y encantadora, quien con la puntual seguridad de haber llegado más de media hora antes de su turno frente a nosotros, también hacía lo propio con la mía.
No fueron sus cursos en Harvard, tampoco su grado en la Sorbona ni sus prácticas en aquel instituto alemán de tecnología: Elsa Ledois no sólo nació en una dorada cuna de profesión y creció entre olores privados; ni se fue a Princeton a aprender un idioma que su abuela aún le reprocha, tampoco vino a hacer una purificante y adorablemente sistemática mejora del sabor medroso y pusilánime que nos dejó Alberto, ni a demostrar con los gestos de sus manos delicadas y elocuentes las potencialidades de la página web que vino a presentar con su exquisito inglés galo, tampoco vino a oler delicioso, ni mucho menos esconder la piel de sus inmaculados pliegues con su sencillo pero esplendoroso atuendo de falda, suetercito y blusa recién comprado en las rebajas de las Galerías Lafayette de su natal París, ni a esconder sus pequeños pies dentro de sus correctos zapatos de bailarina corporativa, ni a achinar sonriente sus ojos juguetones inteligentes tras los cristales de su montura Chanel, ni a despuntar sus mejillas color sonrosado post-verano, ni a desplegar la justa y maravillosa elección de su conjunto collar-anillito-reloj mientras en plena presentación jugaba preciosa con la posición de su pulsera sobre las suaves líneas que demarcaban la articulación de su muñeca izquierda, ni vino a afrancesar el aire con su miel: vino con su producto a hacerme despreciar su empresa, a hacerme imaginarla dominada, ajena a su estrato transnacional, sin su atuendo costoso, desnuda y gimiente: sabiendo que el deseo la lleva a su primitivismo natal: “!Oui, oui, plus fort, plus fort!”. Vino a detener, provocadora e intencionalmente, en medio de su capacitada y competitiva injuria, sus ojos en los míos: vino a trabajar, y si se quiere, a volverme loco.