De Gladis para Sosa
De los infinitos caminos que llevan al desprecio, el juego del amigo secreto es uno de los rotundos favoritos de los que abiertamente admiten su desden hacia aquellos sujetos “no alineados”, en pocas palabras esos, los nulos, los feos, los idiotas, los de la esquina de allá atrás, aquellos que “en mi equipo no” : los no “nosotros”.
Gladis es indiscutiblemente fea, su gradualmente dócil inteligencia la ha llevado exitosamente a mitigar, tanto la realidad que su espejo le transmite: el pelo indefinidamente impregnado de brillantina, el bozo decolorado sobre sus labios resecos, sus piernas demasiado delgadas bajo la falda, el resplandor de brillo en el centro de su frente y en las zonas aledañas al bochinche ovoidal de su nariz; como su realidad textil-hormonal: la mancha de desodorante en no sólo la camiseta de la clase de Educación Física, sino también en la de las clases regulares; el percudido de las medias post-blancas y la cromáticamente agradable después de todo, combinación de amarillento con azul clarito en el cuello de su único sueter preferido.
Aún cuando Gladis es así, quienes se sientan cerca de ella no lo son y gracias a ello se puede permitir carcajadas burlonas y crueldades hacia varios de sus compañeros de clase, bajo el manto legítimo de la popularidad de sus amigos, de su organización para los trabajos en grupo, su habilidad para las materias “duras” y el inglés, y sus pertinentes intervenciones en la clase de Sociales.
De su suerte pocas veces se queja, sin embargo, una simple ecuación matemática -el número de sus amigos sin contarla a ella es par- la dejó sin oportunidad de hacer una corrompida jugada y cambiar de papelito para hacerse de un amigo secreto conveniente.
Fueron segundos difíciles, sus ojos intrépidos de ascendencia Caribe se tornaron tristes, vencidos, irremediablemente decaídos, injustamente arropados por las cuatro letras que manchaban de desgracia el papelito que en vez de decir Laura, Alejandro, Fabiola o David, decía Sosa.
A Ricardo no le viene nada mal jugar, recibir un regalo previo a las vacaciones navideñas no es mala idea. Apostar a la providencia y esperar que en su papelito estuviera escrito el nombre de Liliana “la portuguesita”, era una empresa romántica y económica: no tenía realmente nada que perder y mucho aprecio que ganar.
Ricardo Sosa es realmente un tipo gris, sus pocas luces para la seducción traicionan sus ojos relativamente avivados, su tez parece más bien de algún larguirucho de las Islas Faroe que la de quien es, un revocado larguirucho pálido de un suburbio caraqueño.
Deslucido y sentado siempre en la periferia del salón, se remite a soñar con los besos de “Lili” y a entretejer algún tema de burla desleal con sus no menos abolidos amigos sentados en la misma área periférica, sin poder suprimir esa actitud sosa que lamentablemente lo caracteriza.
Para bien o para mal, no le tocó Liliana, cosa que a pesar de ser una mala noticia pudo haber sido peor: tener que regalarle algo a su odiada Gladis. Un frasco de agua oxigenada para el bigotillo acompañado de una caja de hisopos sería un buen regalo para ella, se llegó a decir a si mismo.
Con estribillos de música merengue de fondo, a un volumen bajo para poder escuchar la lectura solemne de aquellos nombres de los amigos que dejarían de ser secretos, comenzó el escrutinio de los envoltorios, los lazos y las tarjetitas con las dedicatorias. Liliana, fiel a sus orígenes, regaló una austera, no muy bonita pero aceptable pulsera para la peluda muñeca de Gladis, deseando secretamente que no se le enganchara nunca en los pronunciados vellos.
Alejandro y David recibieron alegremente sus discos de acetato de Sentimiento Muerto y Desorden Público respectivamente, mientras que Laura y Fabiola se regalaron hermosos accesorios simbólicamente entre sí.
Entre una constante lucha entre el ruido del papel celofán y la voz de Wilfrido Vargas, Gladis tuvo la ruinosa tarea de pronunciar el fatídico apellido: “Mi amigo secreto es...”
-muchos ya lo sabían, el no- después de tragar saliva y mirar resignada la picardía pertinaz de los ojos verdes de Fabiola. Repitió: “Mi amigo secreto es... Sosa.
Trató en la medida de lo posible de salir del trámite rápidamente y entregarle el paquete envuelto, a la machimberra, con un oportuno pedazo del papel que sobró del regalo que le hizo a su primito la semana pasada para su cumpleaños.
“Regalo es regalo” dijo Sosa conforme a ir rompiendo el segundón envoltorio, pensando en que debería ser algo acorde con el gasto y el detalle de los pendientes de plástico que regaló a una no menos que profundamente plástica Karina.
La dedicatoria, en la tarjeta-papel-arrancada de una agenda telefónica que rezaba con un trazado de lápiz mongol con la punta desafilada “De Gladis para Sosa” no daba buen augurio.
Como si le regalaran un espejo roto, en el que se pudiera reflejar a si mismo y luego clavárselo limpio, como ejecución de clavadista olímpico chino, en medio de su corazón, Sosa vió su regalo. Sin letras, sin marca, sin estampado. Una sosa franela verde.
