jueves, julio 02, 2009

De Gladis para Sosa

De los infinitos caminos que llevan al desprecio, el juego del amigo secreto es uno de los rotundos favoritos de los que abiertamente admiten su desden hacia aquellos sujetos “no alineados”, en pocas palabras esos, los nulos, los feos, los idiotas, los de la esquina de allá atrás, aquellos que “en mi equipo no” : los no “nosotros”.

Gladis es indiscutiblemente fea, su gradualmente dócil inteligencia la ha llevado exitosamente a mitigar, tanto la realidad que su espejo le transmite: el pelo indefinidamente impregnado de brillantina, el bozo decolorado sobre sus labios resecos, sus piernas demasiado delgadas bajo la falda, el resplandor de brillo en el centro de su frente y en las zonas aledañas al bochinche ovoidal de su nariz; como su realidad textil-hormonal: la mancha de desodorante en no sólo la camiseta de la clase de Educación Física, sino también en la de las clases regulares; el percudido de las medias post-blancas y la cromáticamente agradable después de todo, combinación de amarillento con azul clarito en el cuello de su único sueter preferido.
Aún cuando Gladis es así, quienes se sientan cerca de ella no lo son y gracias a ello se puede permitir carcajadas burlonas y crueldades hacia varios de sus compañeros de clase, bajo el manto legítimo de la popularidad de sus amigos, de su organización para los trabajos en grupo, su habilidad para las materias “duras” y el inglés, y sus pertinentes intervenciones en la clase de Sociales.

De su suerte pocas veces se queja, sin embargo, una simple ecuación matemática -el número de sus amigos sin contarla a ella es par- la dejó sin oportunidad de hacer una corrompida jugada y cambiar de papelito para hacerse de un amigo secreto conveniente.
Fueron segundos difíciles, sus ojos intrépidos de ascendencia Caribe se tornaron tristes, vencidos, irremediablemente decaídos, injustamente arropados por las cuatro letras que manchaban de desgracia el papelito que en vez de decir Laura, Alejandro, Fabiola o David, decía Sosa.
A Ricardo no le viene nada mal jugar, recibir un regalo previo a las vacaciones navideñas no es mala idea. Apostar a la providencia y esperar que en su papelito estuviera escrito el nombre de Liliana “la portuguesita”, era una empresa romántica y económica: no tenía realmente nada que perder y mucho aprecio que ganar.

Ricardo Sosa es realmente un tipo gris, sus pocas luces para la seducción traicionan sus ojos relativamente avivados, su tez parece más bien de algún larguirucho de las Islas Faroe que la de quien es, un revocado larguirucho pálido de un suburbio caraqueño.
Deslucido y sentado siempre en la periferia del salón, se remite a soñar con los besos de “Lili” y a entretejer algún tema de burla desleal con sus no menos abolidos amigos sentados en la misma área periférica, sin poder suprimir esa actitud sosa que lamentablemente lo caracteriza.
Para bien o para mal, no le tocó Liliana, cosa que a pesar de ser una mala noticia pudo haber sido peor: tener que regalarle algo a su odiada Gladis. Un frasco de agua oxigenada para el bigotillo acompañado de una caja de hisopos sería un buen regalo para ella, se llegó a decir a si mismo.

Con estribillos de música merengue de fondo, a un volumen bajo para poder escuchar la lectura solemne de aquellos nombres de los amigos que dejarían de ser secretos, comenzó el escrutinio de los envoltorios, los lazos y las tarjetitas con las dedicatorias. Liliana, fiel a sus orígenes, regaló una austera, no muy bonita pero aceptable pulsera para la peluda muñeca de Gladis, deseando secretamente que no se le enganchara nunca en los pronunciados vellos.
Alejandro y David recibieron alegremente sus discos de acetato de Sentimiento Muerto y Desorden Público respectivamente, mientras que Laura y Fabiola se regalaron hermosos accesorios simbólicamente entre sí.
Entre una constante lucha entre el ruido del papel celofán y la voz de Wilfrido Vargas, Gladis tuvo la ruinosa tarea de pronunciar el fatídico apellido: “Mi amigo secreto es...”
-muchos ya lo sabían, el no- después de tragar saliva y mirar resignada la picardía pertinaz de los ojos verdes de Fabiola. Repitió: “Mi amigo secreto es... Sosa.

Trató en la medida de lo posible de salir del trámite rápidamente y entregarle el paquete envuelto, a la machimberra, con un oportuno pedazo del papel que sobró del regalo que le hizo a su primito la semana pasada para su cumpleaños.
“Regalo es regalo” dijo Sosa conforme a ir rompiendo el segundón envoltorio, pensando en que debería ser algo acorde con el gasto y el detalle de los pendientes de plástico que regaló a una no menos que profundamente plástica Karina.
La dedicatoria, en la tarjeta-papel-arrancada de una agenda telefónica que rezaba con un trazado de lápiz mongol con la punta desafilada “De Gladis para Sosa” no daba buen augurio.
Como si le regalaran un espejo roto, en el que se pudiera reflejar a si mismo y luego clavárselo limpio, como ejecución de clavadista olímpico chino, en medio de su corazón, Sosa vió su regalo. Sin letras, sin marca, sin estampado. Una sosa franela verde.

martes, junio 02, 2009

Un artículo,dos lectores,tres visiones

Good Buy Crisis
Cuando no quiero comprar si compro: más Keynes y menos Marx

Hablemos de verdades. Así como la primavera de este año es historia y las glándulas sudoríparas comienzan su temporada laboral más agitada, la palabra crisis sería una fuerte contendiente frente a la palabra Guardiola en un ficticio concurso para elegir el término más escrito en las redacciones de los medios de comunicación españoles.
Otra verdad. Nadie quiere dejar de comprar, simplemente algunos debemos o tenemos que hacerlo, mientras que otros masajean sus tarjetas de crédito con pequeños caprichos clase media: el espectáculo de danza contemporánea, el billete a Praga que es barata, el vestido de Adolfo Domínguez en rebaja o disfrutar de al menos un día del Primavera Sound o del Sonar.

Desde la óptica gubernamental, bajo el auspicio mediático de que el motor de la economía alemana ha comenzado a mostrar signos de aceleración y de que China se está reconciliando con su demanda de materias primas y ropa chic, los planes de estímulo al consumo están a la orden del día, previa ratificación por los respectivos poderes ejecutivos de distintos países.
Con la aprobación de un segundo presupuesto suplementario para el actual año fiscal, el Parlamento Japonés ha logrado aprobar el llamado Teigaku Kyufukin, un plan que consiste en otorgar un bono de consumo a más de 120 millones de personas, incluyendo a extranjeros con residencia legal.

El presidente Obama, por su parte, aprobó recientemente la llamada Ley de Reinversión y Estímulo Económico Federal. Dicha ley, se firmó con el propósito de engrasar la economía estadounidense, un mega paquete de 787 mil millones de dólares que abarca desde créditos contributivos y fondos para educación, hasta proyectos de infraestructura y becas para promover la investigación y el conocimiento científico.
En ámbito local, el presidente Zapatero ha aprobado con conjunto de medidas para masajear el imaginario económico de los españoles y balsamizar su no tan poco conocida tendencia al consumo. Paralelamente, la tragedia inmobiliaria no es secreto para muchos y el “parismo” sigue sumando adeptos.

Concretamente, el jefe del Ejecutivo ha anunciado ayudas directas de hasta dos mil euros para la compra de vehículos, bombones fiscales para aquellos que pretendan comprar una vivienda y reducciones en el IRPF de los autónomos.
Si estuviera vivo, el más contento con todo esto sería John Maynard Keynes, cuyos postulados macroeconómicos residen en un activo papel del sector público frente a las ineficiencias intrínsecas de las decisiones del sector privado.
En resumidas cuentas, parece ser, según algunos analistas y asesores económicos, que el consumo es la vía para superar la recesión, jarabeando al ciudadano con cucharadas fiscales del propio chocolate capitalista. Por un lado, aquellos entrados en carnes, amantes de las grasas saturadas y la glucosa, tendrán su dosis de opio keynesiano; mientras que por otro, los vegetarianos del consumo, los austeros de siempre, podrían pagar justo por pecadores, por ahorristas y tacaños.
Cuando no quiero comprar, me dicen que compre; cuando quiero comprar me dicen consumista: Se Vende Crisis. Se traspasa Recesión. Se Alquila Capital.


Lector 1:

Luis: ya lo leí

16:09
Keynes fue duramente criticado por lo que ahora los neo califican de Estado Interventor.

Su tésis de efecto multiplicador funcionó en un escenario en donde los límites del desarrollo y el calentamiento global existían solo en la arena de la ciencia ficción....

16:11
no dudo que lo que el presidente Chávez ha juzgado como una intervención necesaria en el desenvolvimiento de los agentes económicos, y que ha sido la materia para que "analistas y expertos" lo critiquen, sea ahora el único puente sólido entre la democracia representativa y el pueblo que elige a estos representantes.

16:14
Sin embargo, y aun cuando comprendo de antemano que los que van a pagar el precio de los dólares-euros-yenes inorgánicos es la gente de a pie (los pela bolas) soy también capaz de entender que es necesario ese auxilio, que no es más que la penitencia que estos creadores de fracaso deben purgar ante el estrato que sustenta su modelo, es decir, el consumidor.

Lector 2:

16:42
verdementa: me recordó a la publicidad de VISA, que estrenó nuevo slogan: go.

me: sii? te refieres a que??

verdementa: que dices que hay nuevas formas de alentar el consumo

16:43
y pues eso me recordó a la propaganda de VISA

me: ahhh sii, bueno los ejecutivos estan a cargo de aprobar esos planes

segurooo, por que es basicamente eso

16:56
me: oyee adios, hablamos

chaw

16:57
verdementa: bye

me: buy

jaajja mentira pero el articulo iba por ahi

16:58
verdementa: buy buy!

me: sii lets buuuyy

chaw

good buy

verdementa: con lo que a mi megusta

16:59
me confieso consumista...

me: por eso

verdementa: salud

me: jaajjaa

entonces buy!!!

verdementa: jajaja

un beso

domingo, abril 19, 2009

Al revés

“Al revés”, suele decir incontables veces al día. Así se gana la vida Ramón, quien al pronunciar esa y algunas otras locuciones prácticas, ve pasar el día y la gente por las máquinas de la estación.
Marta nunca introduce su billete al revés, por lo que Ramón, aunque la ve pasar casi todas las tardes entre 7 y 10 y 7 y 17, nunca le ha dirigido la palabra, pero si muchas sonrisas gentiles. No obstante, este gesto no es nada exclusivo del solícito encargado del flujo correcto de los pasajeros hacia “ella”, como el la llama. Ramón le sonríe a todos los que atraviesan la máquina más cercana a él, salvo a algunas excepciones de pequeños grupos de italianos escandalosos y uno que otro chico de aspecto desaseado y con dreadlocks rastas, dice que esos son los que escriben en las paredes del pasillo al anden.
Sergi, es uno de esos chicos descuidados y rebeldes que utiliza- con dos horas y media de diferencia- la misma estación que Marta. Normalmente, lo hace de camino a la conexión para tomar el tren a su Badalona natal.
Los jueves, suelen ser los días más sociales de Marta. Usualmente, va a cenar y a hablar de chicos con Andrea, una peruana que conoció en un curso de peluquería al que ambas acudieron, pero por razones varias no lograron finalizar. Uno de esos jueves, Marta y Andrea cenaron en un pequeño y solidario cuchitril de tapas cercano al lugar de trabajo de la segunda, un hostal de segunda, a escasos metros de la plaza Urquinaona.
Tras pasar la máquina, entre risas de desengaños post-adolescentes y vino blanco, también de segunda, Marta, con su metro setenta y tres y su poca habilidad congénita, tuvo que sortear y activar más de trescientos músculos para, en principio, abalanzarse unos cuantos grados hacia adelante y alcanzar la estatura incaica de Andrea, despedirse de ella, y luego incorporarse y cogerle el teléfono a Joaquín, un pretendiente sin oportunidad quien a su vez, por una alarmante crisis alopécica, tampoco terminó el curso de peluquería.
Ese trámite a trompicones, de despedirse de su amiga y rechazar la invitación del “calvito”, como ella lo solía llamar, hizo que su T-50 cayera al suelo sin poder advertirlo. A su paso de pantalones caídos y malicia ingenua de estudiante de Antropología, Sergi, que regresaba de una manifestación en rechazo a algo que se llevaba a cabo en una plaza cercana, se percató de la caída del ticket y lo cogió para si.
Decepcionado, al ver que a su ambición ahorrista se desvaneciera por los escasos dos viajes que le restaban al billete, continuó su camino. Los alaridos deficientes de la banda punk de unos colegas suyos de Ripollet, hacían casi imposible que Ramón consiguiera captar la atención del estudiante para recuperar el billete de “ella”. ¡Oyeeee!!!! ¡Perdona!!!!! Ese billete no es tuyo, ¡dámelo, que yo la conozco!!!
¿Que dices tío? ¡Es mío el billete!!!
¡Es de “ella”, te he visto cogerlo del suelo! Al voltear a mirarla, apenas pudo Sergi ver el zapato de tacón de marta apartarse del último escalón de acceso al anden.
¡Yo se lo daré!!! Dijo, intentando una mueca semi-sonriente y febril. ¡Dámelo o llamo a seguridad!!! Insistió Ramón, esta vez con su inédita cara de enfado, esa en la que se le sube la ceja derecha unos milímetros más que la izquierda y el ojo izquierdo luce más saltón que el derecho.
Marta subía a un vagón con destino al vagón con destino a Can Boixeres, ignorando por completo el episodio que su magistralmente inhábil soltura había dejado atrás. Se sintió algo mareada y le vino un pequeño pero sonoro eructo de vid que la hizo sonrojarse y pensar en lo mal que le sentaba ese flequillo tan corto a su amiga. Andrea hacía lo propio, esta vez en el tren con destino hacia La Pau, viendo con vanidoso gesto su pelo recién cortado reflejado en el cristal de la ventana, pensando en retomar el curso aquel y fundar una peluquería en el suburbio limeño que la vio nacer. La totuma, pensó en llamarla.
Joaquín, algo decepcionado por el rechazo, iba al baño a ducharse sin ese estímulo femenino que hace que algunos hombres se restrieguen con más vehemencia durante la ducha previa a la cita, no sin antes verse al espejo, donde nada había cambiado, todo intacto: la sonrisa color beige-diccionario-viejo, el fenómeno facial-demográfico de la sobre-población de sus cejas, y la tragedia forestal al norte de ellas, como bosque arrasado por una horda de garimpeiros en busca de oro amazónico.
Feliz por haber recuperado, luego de acalorada disputa con el futuro antropólogo, el billete de “ella”. Pensó en como ser elocuente y bondadoso al mismo tiempo para devolvérselo en cuanto la volviera a ver pasar.
La nómina de Marta tardaría cinco días en manifestarse en su cuenta. El viernes en la mañana optó por un T-10 para contrarrestar tanto la pérdida del T-50, como el tiempo entre ese día y su día de cobro.
A las 7 y 14, encaraba Marta la máquina. Joaquín se sentía con suerte ese viernes, e intentó llamarla e invitarla a cenar.
¡Hola Joaquín! Dijo ella malhumorada por la impertinencia del “calvito” insistente y el no conseguir su billete a tiempo para no detenerse más de lo necesario en la máquina. No, es que, sabes, mi madre.... Hola!! Marta!!! Holaaa!! ¿Estas? Si pero es que... Tu Tu Tu Tu!! Al cortarse la llamada apareció el T-10, que fue introducido con torpe apuro. Un entrecortado rechazo destronó la esperanza de uno y alimentó la de otro: “al revés” dijo Ramón amable.

martes, marzo 24, 2009

Suerte

Había varias razones para detener la lectura. El texto comenzó divertido, pero al cabo de cien páginas, se hizo repetitivamente recursivo, la chica americana ya se hacía latosa con sus cartas a su amiga de Pensilvania, en donde sólo hablaba de las ocurrencias de su nuevo novio andaluz semi-gitano, algo con lo que estoy familiarizado por razones post-coloniales.
Otra razón, el calor del verano mediterráneo exige una hidratación no sólo fisiológica sino superficial, ir a la playa y no bañarse es como ir a la biblioteca y no leer. Ahí radicaba el problema que me llevó a una tercera razón para dejar de lado el texto. ¿Cómo bañarme en la playa sin dejar mi mochila descuidada y vulnerable al raterismo magrebí?
La respuesta a esta pregunta coincidía enteramente con la cuarta y más inquietante razón para olvidarme de necedades antropológicas, alimento exótico–lingüístico para la tesis de grado de la estudiante yanqui que protagonizaba el libro: A unos seis metros de mi, una bolsa de Zara, unos lentes de sol gigantes clavados en la arena, una revista Vogue, una botella de agua mineral y una pequeña toallita, sobre la cual, dormía la figura que me hizo despreciar la lectura y eliminar la literatura de mi vida hasta nuevo aviso.
El sol era riguroso con su piel, había lugares mas rosados que otros en sus piernas y espalda, sería irreversible el ardor nocturno, aun así, parecía estar dormida indiferente a los rayos ultravioleta.
¿Seré capaz de medir su simpatía con una pregunta idiota pero concreta? Creo que si es de habla inglesa me será mas fácil romper el hielo, la practicidad anglosajona descuenta vergüenza y pudor en mi.
Si habla español me dará más calor, la lengua de Cervantes es más cálida, compleja y literal. He de tener cuidado de sonar muy sopesado y pedir el favor directamente, desarrollar una conversación en la que termine sabiendo su nombre sería demasiado triunfar, algo a lo que no estoy acostumbrado en un lugar tan caluroso y con tanta gente semi-desnuda.
Los noticieros repiten cada día la importancia de mantenerse hidratado y beber suficiente líquido, atendí a la precaución, bebí litro y medio de agua casi de un solo golpe. Las ganas de orinar, debo confesar, tuvieron gran peso a la hora de tomar mi decisión final.
-- ¿Hablas español?—Pregunte tímido, por que en el fondo así fue. De igual manera, acercarme directamente a su espacio fue más audaz que hablarle, sentí que ya había ganado la batalla a la desconfianza.
Sí, fue su respuesta. No tan simpática como para ganar más confianza, pero gentil y racional, sabía lo que significaba la soledad en aquel balneario mediterráneo, creo que adivinó mi intención y me comprendió.
--¿Puedo dejarte mi mochila para bañarme un rato?— No había vuelta atrás, pude incluso intentar detallar su piel por milésimas de segundo, no había bronceado, no hacía falta, solo regiones rosáceas que obligarían a enternecerse a quien tuviera el poder glorioso de tocarla.
--Si claro— Asintió afirmativamente, nuevamente simpática, pero para mi tristeza triunfal, desinteresada.
Me di un baño súbito, sin dejar de pensar en que pudiera estar tardando mucho y en buscar la manera de no llegar de nuevo a su feudo arenoso, decir gracias como un idiota y largarme.
El baño me refrescó sin duda, pero en el trayecto desde la orilla hasta ella, me dio calor otra vez. Otro momento en el cual no sé en que medida soy un tipo con suerte, conseguí mis objetivos: bañarme en el mar, refrescarme, orinar y recuperar mi mochila. Todo salió bien.
Mojado y fresco me había acercado a ella, hablaba plácidamente por su teléfono móvil. Apenas intentó intentar sonreír cuando le di las gracias y tomé mis cosas. Me sequé bajo el sol sin dejar de mirarla, la llamada alteró su estancia en la arena. Se puso un vestidito recién comprado que delineaba si figura, removió la etiqueta y se colocó una larga cadenita dorada alrededor de su cuello.
Los grandes anteojos de sol cubrieron sus mejillas sonrosadas por el rigor de la temperatura, tomó su bolso y depositó la botella de agua vacía en la bolsa de Zara. Se marchó caminando relajada y descalza. Iba a verse con alguien con toda seguridad. Esa tarde, mi suerte llegó hasta allí.

domingo, diciembre 28, 2008

Economía y Educación: mi papá escucha Drum and Bass

Han pasado unos cuantos años. Roni Size, uno de los estandartes de dicho género musical electrónico, debe tener unos cuarenta años algo pasados. Muchos de los que bailaban aquel ritmo vertiginoso y repetitivo hacia finales de la década de los noventa; quienes soltaron, vendieron, regalaron o despreciaron sus guitarras eléctricas y sus errantes versiones e imitaciones del sonido de Seattle, para dar paso a una maquinita Roland 303, un par de platos y un mezclador, son actualmente padres de familia.
El desenlace reproductivo protagonizado por los descendientes de estas agrupaciones familiares es abominablemente incierto. Primero se baila, luego se pincha y finalmente se educa. Un niño o niña cuyo padre o madre redondea el ingreso mensual del hogar pinchando discos de Drum and Bass en salones oscuros repletos de jóvenes frenéticos, puede crecer bajo los desdeñables efectos de una suerte de epilepsia intelectual, desde la cual se pueden desprender innumerables motivos para una crisis de la procreación: la Generación Parkingson.
Con este escenario neurodegenerativamente espantoso esperando por nuestras futuras fecundaciones, es tarea de padres y representantes supervivientes a fiestas Rave y pastillas de fin de semana, reproducirse responsablemente y bajo estricta supervisión pediátrica.
A la luz de esta precaución, es preciso evitar temas sensibles al desarrollo neuronal de las luces infantiles del futuro cercano.
Lo mismo puede ocurrir con otro popular tipo de padres “alternativos”, los llamados Okupas, parejas que viven en una situación marginal e inestable, producto de un fuerte fanatismo anarco-habitacional que se traduce en asociativas y artísticas invasiones a propiedades ajenas.
Un movimiento deforme e inconclusamente aislado, bastante lejano al barraquismo pre-olímpico de Barcelona y muchísimo más lejano a los movimientos de reivindicación campesina y de reformas agrarias.
Los gestores del mañana han de crecer rodeados de desaseo, harapos y con una influencia valorativa socialmente disfuncional: ¿Necesitamos malabaristas para construir el futuro de los jardines de infancia? Mi papá es DJ de Drum and Bass. ¿ Y el tuyo?
Mi papá es Okupa.

Las penas inciertas de América Latina ( Residencias Negocio)

Las penas inciertas de América Latina
No es para menos, América ha visto llegar gente de tierras lejanas desde tiempos pre-precolombinos: polinesios, chinos, vikingos e incluso vascos en forma de unidades de captura ballenera.
Su historia ha sido generosa para algunos y desgarradora para otros, como cualquier otra historia: relato manipulado por cuenta cuentos post-escolásticos o academicistas. Los vencedores y los vencidos en la pugna por revelar la verdad al pueblo llano, los medios de comunicación y las ideologías competidoras por el saber de los tiempos: el poder y los votos.

Residencias Negocio
En el penthouse viven dos familias. Una próspera, pánfila y fría pareja con dos hijos bilingües y curiosamente emparentados por el gusto: manejan paralelamente proyectos de iniciación musical y de comunidades interactivas en línea.
En la puerta de enfrente reside el Señor Sam Smith, un abultado hombre divorciado quien vive con su hija, una rosada y graciosamente rechoncha adolescente.
Mister Esmí, como cariñosamente lo llaman algunos vecinos, tiene otros tres apartamentos en el edificio, maneja los fondos del mismo y por mucho tiempo ha sido el presidente de la junta de condominio, tanto por sus habilidades administrativas como por su voluntad de poder para convencer a sus vecinos de abajo de que su metodología es correcta y benefactora para todos.
Debajo de él vive el Señor Marcos Chiapas, quien indistintamente y de manera irreprochable se remonta a pagarle la cuota de condominio al Sr Smith, quien a su vez es el dueño de la empresa donde trabaja, desde la cual ha conseguido el aval para poder hacerse de un crédito para finalmente haber comprado su apartamento.
El Señor Rubén Costa es uno de los tres inquilinos del edificio, desde hace años a logrado canalizar los arranques de cólera del presidente de la junta, especialmente cuando los hijos de la conserje rayan las paredes del ascensor o se meten con el peso de su hija.
Los otros dos inquilinos son, en estricto orden comercial, Augusto Santiago, un vetusto y rancio militar retirado dedicado al negocio metalúrgico quien orgullosamente dice que no quiere comprar su apartamento para no dejar herencia a sus tres hijos descarrilados y rebeldes; y Alberto Vargas Lima, un hombre diminuto y gregario, con gran capacidad para envolverse en los asuntos administrativos del edificio, haciéndose del respaldo moral del presidente de la junta.
Nicaragua Salvador de Moncada, tiene años siendo la conserje del edificio. Tras la muerte de su marido, un antiguo jornalero del negocio bananero, le fue necesario buscarse un trabajo para poder criar con decencia a sus dos traviesos hijos: Juan y Domingo. Tuvo suerte de que su prima, Andrea Sucre Bucaram, limpiaba la casa del Sr Chiapas y por medio de ese enlace se hizo de la conserjería del edificio y del amor de Raúl Ernesto Moncada, quien a pesar de ser un vigilante bonachón, generoso y de pensamiento económico culto, no se lleva bien con el presidente de la junta de condominio.
De la mitad de la estructura para abajo, viven las familias que por mala suerte inmobiliaria no tuvieron oportunidad de adquirir los apartamentos con la mejor vista, y tuvieron que adiestrar la mirada para no palidecer al contemplar un horizonte de asentamientos informales de infra-viviendas.
Quien más se queja de dicho espanto visual es Ingrid Uribe de Holguín, una paliducha y desgarbada mujer divorciada. De su separación matrimonial quedaron dos hijos saludables y una jugosa herencia feudal, por la benevolencia de su difunta suegra Doña Caridad Pastrana de Holguín, a quien divertía tocando un viejo violín con una habilidad que en sus horas adolescentes fue virtuosa.
Esta huesuda mujer es quien mejor se lleva con el dueño-administrador del inmueble , en principio por la practicidad que le confiere dejar que sus finanzas las maneje la prestigiosa firma contable del corporativo mastodonte del penthouse; y en segundo término, por la cordial amistad que tienen sus hijos con Lauren, el rosáceo retoño del otrora feliz matrimonio Smith.
Con quien nunca se ha llevado bien la flacuchenta propietaria es con Simón Bello, quien según sus palabras, “de bello no tiene nada”, comentario malicioso, quizás por la cuota de envidia generada por la forma en que las esculturales siluetas de la cadera de su hija, Manuela Bello, una hermosa veinte añera mestizamente agraciada, desplaza monumentalmente a las sosas líneas de Pamelita, como Ingrid llama cariñosamente a su desdibujada primogénita.
Con quienes si se lleva bien Simón es con Moncada y con Edgar “Platiní” Potosí, el jardinero, cuyo sobrenombre aún persiste desde aquellos gloriosos años de goles olímpicos, con efecto de pies descalzos sobre canchas de tierra.
Los domingos por la tarde Edgar, Moncada y Simón se reúnen a hacer ruido, a beber cerveza y a burlarse indiscretamente de sus vecinos de la parte alta del edificio. Rutina impulsada por Simón, quien por una inesperada herencia de la abuela hispana de su mujer, se hizo del apartamento y de un próspero negocio extracción truculenta de piedras preciosas, un joyero guataca que mantiene a su mujer y a su hermosa hija bañadas con conspicuas prendas de oro para sentirse representado e inversamente descastado en apariencia.
Esta tarea dominguera fue tema de álgidas discusiones en las reuniones de la junta de condominio, a las que los tres simpaticones de la pendencia no asistían: Edgar y Moncada por no tener voz ni voto en temas administrativos y Simón por idiosincrasia vernácula chapucera.
El más neutro de los copropietarios es Atilio Galeano, un pequeño gentilhombre que se limita a pagar la cuota de condominio y a jugar al truco con su vecinos: Asunción Santa Cruz, una insulsa responsable con el cabello bonito, Diego Plata, un divertido, calurosamente prepotente y acholado individuo, quien riñe afectuosamente en todo momento con Edson Silva un enorme mulato que vive una vida práctica y aparentemente saludable y productiva.
Atilio, Diego, Edson y Asunción; los ocupantes de los pisos más cercanos al suelo, se llevan bien con todos los otros vecinos, por mera educación, especialmente para no llevarle la contraria al Sr Bello, quien los aprecia siempre que se rían de sus burlones comentarios sobre la vida del Sr Smith, quien sabe perfectamente que su vecino de abajo fanfarronea en detrimento de su trabajo y de su actitud austera hacia la vida colectiva, cosa que no afecta negativamente su negocio y estimula los coros de los simpatizantes de la verborrea dominguera de Simón, quien para poder invitarle las cervezas a Edgar y a Moncada, comer la rica carne que le vende Diego y mantener a su hija y a su esposa cubiertas de oro, también tiene un negocio.

martes, octubre 14, 2008

Olor

Comenzaba a sentirme mejor, rozaba ya los sesenta y tantos años de edad y la empresa familiar en la que trabajaba ya no mostraba síntomas de debacle. No eran tiempos de verdadera crisis financiera como el crack del 08, hace treinta años.
No fui, ni quise nunca ser un hombre divorciado, pero el olor que me mando Sally esa tarde por e-mail terminó con mi matrimonio, no en materia legal pero sí emocionalmente.
Era el mismo que había olido en el otoño del 2008, en Barcelona, el día de mi cumpleaños número 33, orgullosamente refugiado en sus largos y consoladores brazos, en una angosta e incómoda camucha de un hotel remozado en Carrer de L’hospital, quizás por la rabia que aún sentía luego de detectar los dedos de esa miserable puta colombiana que trató de robar mi monedero y que luego intentó congraciarse conmigo por mi acento venezolano, por aquello de que somos “hermanos”. Bastarda hedionda. Ni que fueran los tiempos del Congreso de Panamá, pensé.
A sus treinta años, su piel sonrosada de pueblito pesquero de Nueva Escocia ofrecía una suavidad generosa, regocijo que mi lengua y mis manos supieron aprovechar yo diría que racionalmente.
Había pedido un reposo en el trabajo, a causa de su período menstrual, figura legal que el progresismo holandés logró poner de moda en los debates parlamentarios de todo el mundo, por lo que cada mujer tenía derecho a cinco días de reposo al mes.
En el hastío de su período se sintió sucia y decidió mandarme dicho aroma que tenía en su carpeta de mensajes enviados, aquella solución tecnológica japonesa de escanear olores me traía de cabeza siendo un hombre de mi edad, y la fragancia digital de su entrepierna más todavía.
Las noticias dejaban su marca diaria en mi laptop, los olores del barco pirata en Somalia que trasmitía CNN y los alientos de los funcionarios de esos nuevos comités administrativo-gubernamentales AdHoc, que envían a los ingobernables países de América Latina mitigaban aquella emanación gloriosa y me hacían cerrar la aplicación y olvidarme del delicioso efluvio electrónico de la canadiense.
Tomaba mi desayuno. -¿Qué te pasa Alejandro?-
-Nada mi amor, huele a crisis-

viernes, mayo 16, 2008

El último de los días oscuros

Fueron días tristes y felices. Un invierno moderado, un gris regular y hasta agradable a veces. Las clientas llegaban con regularidad, asustadas y curiosas, una sesión fotográfica, masturbación de vanidad o comprobación de fealdad subjetiva claro está.
Las ventas iban bien, la ambición comenzaba a seducirnos. La tenue lámpara de luz amarillenta resguardaba la recepción dando un matíz poco convincente, aún así, resolvían las revistas de moda y sus temporadas pasadas, tendencias demodé que entretenían la espera de un trabajo de calle o un book fotográfico.
Me tocó abrir la puerta, una entrevista para el puesto de recepcionista telefónica la hizo venir al estudio. Una flor, una luz afrancesada, plena, radiante, espléndida, graciosa y gestual. Se convrtió en el astro rey de aquel mundo de cuatro paredes: una voz, un acento sureño, un acertivo discurso, un escote por qué no, una energía. Una Avellaneda como la de aquella tregua del genio de Montevideo.
Miradas descaradas, simulando un desdén asimilaba su desprecio. Un libro, un amigo, un prólogo, una dedicatoria. Principita de la sierra cordobesa, praliné gaucho-húngaro en pleno abismo de concreto mediterráneo.
Indiferente de los dientes para afuera, la saludaba cada día. Temblor interno, derretido, como fachadas Gaudianas. Se acercaba el final, no hay marketing, no hay ventas, no hay trabajo. Se despide de lejos. Atraviesa la puerta hacia fuera. Salió el sol.